5 de abril de 2018

Ese jueves, relato: Pascua




De Pascua a Pascua

Pascua de 1920
Estas, para Mr. Thompson, no eran unas vacaciones cualquiera. Estas le daban el tiempo que habitualmente no tenía para investigar en profundidad.
Mr Thompson tenía 12 años. Su verdadero nombre era Julio —Julito para sus amigos—, lo de Mr. Thompson lo había cogido prestado de un personaje de novela, malo, muy malo, que cada noche oía en la radio de su casa.
En estas —de Pascuas estamos hablando—, su tiempo libre, que era mucho, se centraba en averiguar el nombre de la hija del boticario por la que, Julio o Julito —para los amigos— o Mr. Thompson —cuando oía la radio—, bebía los vientos.
—¡Blanca! Se llama Blanca —le dijo su amigo Luis.
—¡Y tú! ¿Cómo lo sabes? —dijo con cierta envidia y ansiedad
—Mi madre y la suya son amigas —le contestó.
—Y… ¿has estado con ella? —aumentó su envidia y ansiedad.
—Sí, ayer cené en su casa —le dijo Luis, y añadió— Por cierto creo que le gusto

Pascua de 1939
Nunca llegué a imaginar cuánto mediría aquella trinchera: ¿quinientos, seiscientos, setecientos metros? Puede que llegase al kilómetro. Metro y medio de ancho por dos de profundidad.
La singular orografía de esa ladera impedía ver con precisión el principio y final de aquel inacabable foso. Ese que, durante no se sabe cuántos días, iba a ser una residencia compartida.
Luis y yo habíamos sido destinados a esa parte del frente en la ladera de una loma próxima a los límites entre Belchite y Codo. Me preguntaba qué destino caprichoso nos unía en la vida para compartir con él todo lo transcendente. Todo, menos una cosa, él se casó con Blanca
Yo también tenía mis planes y lo odié por ello
La mañana nos recibió, atrincherados todavía, con un infierno de sirenas, resplandores y explosiones que intuíamos en la otra parte de la loma. Miraba a Luis en silencio y pensaba en Blanca. Uno de nosotros dos sobraba.
—Esto es un caos. Aquí se respira la muerte ¿No lo ves?  —Le miré a los ojos e insistí— Está tras esa loma y viene directa hacia nosotros. 
La hierba de la ladera huele a podrido. Unos segundos de silencio. Las sombras dejaron de serlo y sus balas nos superaban sin pedir permiso.
Los primeros caídos.
Una granada alemana en el centro de la fosa.
La primera sangre.
Mi última locura.
Envuelto en una nube de cenizas y humo vi a Luis vivo, protegiéndose de todo aquello. Puse el cañón de mi fusil en su nuca y vacié el cargador.

8 de marzo de 2018

Este jueves, relato: A ti, mujer.



En casa:
Tragó saliva y decidió que esa sería la última.
Él le había gritado una vez más, salpicándole el alma con una desbocada ira: «¡Que te calles!. Todas sois iguales…, unas putas. No entendéis más que de palos, vuestro sitio es la cocina».
Paloma era actriz de reparto. Hoy tenía rodaje, sólo una toma con mucha carga dramática. Cogió algunas cosas y salió de aquella casa para no volver nunca más.
En el estudio de grabación:
Entró en situación e intentó recomponer el personaje: «¡Silencio, se rueda!» La cámara, se deslizó lentamente captando la tristeza de su rostro en un largo travelling que terminó en un desenfocado horizonte de cartón-piedra. «¡Corten! esto es todo por hoy».
En la calle:
Una vez fuera se dirigió hacia ningún sitio. La inercia de la conducción la llevó hacia una autovía en dirección al cielo. Sonó su móvil. «Mama por favor…, ahora no es el momento, no estoy de humor y voy conduciendo»
En el hospital:
Recuperó el conocimiento en una cama de barrotes. Los goteros de suero y de plasma directos a la muñeca le situaron en el instante de su accidente, ¿qué le había pasado? Oyó voces a su alrededor y se durmió de nuevo. La enfermera llamó la atención de las visitas que discutían pormenores en el pasillo: «¡Silencio! Paloma necesita descansar».
En sueños:
Paloma, se veía representando diferentes personajes… ¿Cuál de todos era ella? Pensó que podía elegir y los repasó dándoles un instante de vida. Eligió ser ella misma. A partir de ahora las cosas iban a cambiar y, en sueños, miró a los ojos del futuro que le dijo: «Calla, no digas nada, deja que hable el corazón».


8 de febrero de 2018

Este jueves, relato: Cartas, cartas, cartas...



En el desván de su abuelo, Alex, encontró un disco de jazz, dos cuentos de Gloria Fuertes, unas botas de fútbol con la puntera pelada y un hatillo de cartas.
Un día, el abuelo, serio y circunspecto le prometió: «Todo esto será para ti» y como si le hubiera hecho el regalo de su vida, Alex cerró el viejo baúl de roble americano.
El Abuelo murió y aquella promesa revoloteaba como una bandada de palomas sobre la tapa malherida del carcomido baúl. Entre cuentos y tebeos, asomaron unos sobres amarillentos. Uno de ellos, con el sello robado, contenía una cuartilla manchada con una estilográfica de la época:
«Madrid, 7 de octubre de 1963… Querido Alfredo: Encantadora me parece la carta que recibí hace apenas unas horas. Desde este verano presentía una especial amistad entre nosotros, pero hasta leer tu escrito no he sentido lo que realmente significas para mí. Contesto a vuelta de correo, nerviosa, ilusionada, feliz y con un lío en mi cabeza tan grande que…»
Asomó otro, azul pálido, con los cantos erosionados por la historia, folios de letra atropellada con trazos juveniles de un bolígrafo de colores:
«Valencia, 13 de julio de 1960… Hoy te he visto pasar por delante de casa, regresabas del colegio. Espero todas las tardes que bajes del tranvía. Te acompaño con la mirada hasta perderte en mitad de la calle. Deseo que llegue el domingo y que juguemos a… »
De aquel manojo de recuerdos con aromas confundidos y aspecto apolillado cayó uno cuadrado, nuevo, blanco, con un círculo en el centro que reconocí de inmediato. Abrí el único archivo de Word que contenía y leí:
«París, 9 de enero de 2008… A veces me gustaría morirme, de tan bien, de tan plena, de tan respirar hondo y sentir que el aire entra en los rincones de mi cuerpo y de mi mente, aún en los más oscuros y recónditos. Puedo fabricar ese sueño que me mantiene con los ojos mirando al techo en la obscuridad horas y horas con el solo anhelo de...»
Verdes hoja seca, rojos desvaídos, blancos sepias, los sobres se sucedían uno tras otro con un suspiro de amor en su interior. El abuelo, desde el cielo, revoloteaba sobre el rancio olor de aquel viejo baúl de roble americano.

19 de enero de 2018

Sucedió un 16 de enero de 1948

         
Dentro:
¡Qué nervios!  Intento llamar la atención. Parece que se han olvidado de mí.           

Fuera:
Esta noche se ha verificado la cuarta emisión para América por los micrófonos de Radio Nacional. La citada emisión ha estado dirigida por el director de la Real Academia Española don Ramón Menéndez Pidal.

Dentro:
Escucho una melodía que me resulta familiar, es la misma de otras veces. Sería capaz de tararearla a oscuras

Fuera:
La rápida distribución de la naranja a través de los nuevos trenes naranjeros ha influido en su precio. Según se ha informado en el Sindicato de Frutos.

Dentro:
Esto se mueve. ¿Otra vez de paseo? Ya he perdido la cuenta…

Fuera:
El embajador de España en la Argentina, señor Areilza, ha mantenido una cordial entrevista con el presidente Perón.

Dentro:
Oigo ruidos muy cerca, como suspiros acompasados… esto es nuevo para mí.

Fuera:
El gobierno de la India anuncia que, por deferencia al Mahatma Gandhi, reanudará los pagos debidos al Pakistán.

Dentro:
Algo tira de mí, son unas manos gigantes. ¡Qué emoción! Nueve meses deseando salir... ahora que me había acostumbrado.

21 de diciembre de 2017

Este jueves, relato: Jugar con fuego


«Jugar con fuego».
«Nadar a contracorriente».
«Lanzarse al vacío».
Expresiones que esconden implícitamente los conceptos de riesgo, pánico, peligro o, en la más leve de las ocasiones, meter la pata, precipitarse, equivocarse —para, en alguna ocasión, arrepentirse después—.
Lo mío, a veces —demasiadas—, es jugar con fuego, nadar a contracorriente o lanzarme al vacío. Con este texto trato de dar un paseo —crítico y crónico— por mi participación en los «Los jueves, relato».
Después de nueve años tengo mis dudas, mis eventuales rendiciones. Apatías de andar por casa. Desidias que me preocupan pero que no logro superar. Parece inexplicable que después de nueve años de asistir todas las semanas a la clase de los jueves —al principio, de los sábados—, me vea, ya mayor, haciendo novillos semana tras semana.
En el tenis existe una jugada en la que el jugador tiene todas las ventajas soñadas por un deportista: El saque. En él, el que saca se toma un tiempo de concentración, decide si lanza a la derecha, a la izquierda o al centro. Si más fuerte y directo o más despacio y con efecto. Nadie le apremia, la decisión es sólo suya. Circunstancias favorables estas que, si se dominan, pueden favorecer el resultado del Match. El resto de las jugadas, siendo importantes, las tienes que resolver desde la inmediatez, la precipitación, el desequilibrio o la desventaja en la ocupación de la pista.
Algo parecido sucede con los compromisos blogueros. Siempre hay un momento en el que somos dueños de nuestras decisiones, tenemos —se supone— el tiempo, la posición, la prioridad, el hábito y lo más importante, a los lectores que nos regalan una parte de su tiempo.
El Blog, no es una excepción. El trabajo de campo se hace público e, inexorablemente, nos vemos envueltos en una dinámica de creación, comunicación, selección y publicación que nos hacen movernos como flechas en busca de esa pelota cruzada a la línea que cada jueves tenemos que restar.
Como en el tenis, el resultado inquieta, el tiempo erosiona, el calor agota y el cansancio te hace dudar. Ese es el momento de convertir la debilidad en insolencia y el vértigo en precisión. Ese es el momento de parar el tiempo, mirar a la grada, tomar aire y valorar la situación. La conclusión es bien sencilla... siempre queremos estar pero no siempre podemos.
Lo veis, en este caso incluso me he pasado de palabras, nadando a contracorriente, lanzándome al vacío y jugando con fuego.


6 de diciembre de 2017

Este jueves, relato: Paraísos


El Paraíso de tu piel

La Tierra gira y gira y, en ese girar, se mezclan materias con pasiones. Efluvios con deseos. Aparecen entonces nirvanas nuevos. Ciudades utópicas que nos enamoran eternamente.
Mi paraíso, después de la unificación, tiene forma sinuosa y senderos misteriosos que explorar.
Su entrada es un corazón carnoso y rojo que, a flor de piel, hipnotiza. Una puerta intangible que invita al acercamiento, parte del eden que es el salvoconducto para todo lo demás.
La primera avenida de este olimpo terrenal empieza con dos cúpulas morenas de color ébano y textura deslumbrante. Su envoltorio, aleatoriamente cubierto de piel del color de la paja tostada, me envuelve y confunde.
Dos fuentes de sonrosado caño e inagotable morbidez dan paso a la gran plaza de la vida, intensa, húmeda por el rocío de la pasión, arteria vital de pócimas y demás encantamientos.
El Boulevard del amor nace entre un jardín de rosas ensortijadas; parada obligatoria para el disfrute y la extenuación.
Al final con el color de la carne y el olor a tierra mojada, se estiran dos avenidas de suaves curvas y cremoso tacto.
Siempre, siempre…, vuelvo y recupero el mismo paisaje: Las dos avenidas. El Boulevard. La Plaza. Las fuentes. Las Cúpulas… todo lo que me devuelve al cielo.

Este es mi paraíso, este es tu cuerpo.

18 de noviembre de 2017

Mi blog, «La Plaza del Diamante», cumple 10 años



¡La Plaza… cumple 10 años!
10 razones para celebrarlo… 

10 años de vínculos reales en un entorno virtual.
10 años de milagrosa supervivencia en un medio fugaz y veloz.
10 años de soñar, arriesgar, reivindicar y errar.
10 años de descubrir corazones e imaginar caras.
10 años de compartir ánimos, alimentando un proyecto «cosmi-cómico» que me sigue enamorando.
10 años de encuentros y batallas con el papel (nunca se le gana del todo).
10 años de viajar entre letras con lectores reales e imaginados.
10 años de dudas cuestionando desde la «a», a la «zeta».
10 años de titulares provocando la lectura con o sin acierto.
10 años de finales y principios para no olvidar que soy un mortal más.

En Fin, 10 años ya. Y es que... mi Plaza y yo, somos así.


Gracias por estar...


26 de octubre de 2017

Este jueves, relato: Mr.Chance


Era domingo, estaba en el jardín cuando oí voces en el interior del salón. Dejé la manguera en el sendero mientras acudía al reclamo de las voces.
Todo empezó por el final, cuando tenía sesenta años. Sesenta primaveras de las que no recordaba ninguna aunque tenía una idea aproximada de lo que habían sido.
Ahora, mi mayor y único entretenimiento consiste en dejarme llevar, secuencia tras secuencia, por las imágenes del televisor de 42 pulgadas, permitiéndome escuchar con una claridad extrema las últimas noticias de una encuesta sobre sexualidad en la tercera edad.
Con el mando en la mano, jugué de nuevo a buscar el canal de los colores en alta definición. Sin pretenderlo acerté con mi momento preferido. Me abandoné en el fondo de mi butaca y con los ojos vidriosos pude ver todo de forma confusa y entremezclada: el día y la noche, lo grande y lo pequeño, lo suave y lo áspero, el calor y el frío.
Por enésima vez, estaba viendo los mismos anuncios, los mismos documentales, las mismas películas. En ese momento frente a esa pantalla de infinitos colores solo había una cosa en blanco: mi mente. La imagen del televisor se parecía a mi propia imagen reflejada como en un espejo.
Apagué la pantalla y evité distracciones, pero la imaginación seguía ausente. Miré por la ventana y recordé en un instante las primaveras olvidadas.
Ahora, en mi epílogo vital, me descubro en mitad de la noche soñando despierto, perdido, solo y desplazado a miles de primaveras de distancia. Por un instante, con la mirada vacía, sustituir la vista de la inhóspita habitación por un borroso delirio, y soñar con aquella otra: cuatro paredes pintadas de recuerdos y una ventana por la que mirar, seguro y en paz, al campo y más allá el lago... Esa sería, será, mi única y última fantasía.
Olvidando todos mis secretos, dependía de la casualidad para recordar cuáles eran mis virtudes, mis defectos, mi peso, mi altura, incluso mi nombre. Pero todos los recuerdos, incluso los del futuro, se amontonan. Se solapan edades, personas, lugares y circunstancias, como los naipes de una baraja cuando se ordena un solitario... Y tengo que jugar, aunque sea conmigo mismo. 
Atravesé el vestíbulo, y por una de las puertas de vidrio salí al jardín. Ni un solo pensamiento cruzó mi mente. La paz reinaba en mi corazón.
¡Ah, se me olvidaba! Mi nombre es Chance y soy el jardinero.

12 de octubre de 2017

Este jueves, relato: Negra noche, negra


Que negra es la noche. 
Frente al teclado de letras blancas las yemas de mis dedos reposan inquietas sin saber que hacer, por donde empezar. Necesito una frase; un artículo determinado; un pronombre personal o  un nombre común, una idea, un pellizco que me estremezca. 
Que negra es la noche.
Que sombría tu ausencia. Levanto la mirada y busco, en un largo travelling, esa imagen que me despierte de mi letargo. Veo con avidez fotos y objetos y les grito que me cuenten sus sueños, sus vivencias, hoy no es su noche, ni la mía, me detengo en la ventana y llueve.
Que negra es la noche. 
Solo un «La» para entonar. Se mezclan y me confunden los «Mis», los «Re» y los «Fa». 
Suena la música, negra. Ella y yo solos en la madrugada.
Que negra es la noche, y amanece. 
Los primeros brillos de un sol que todavía no despunta, el cristal se empaña y las gotas de lluvia resbalan en un surco, negro, interminable. Miro su foto. ¡Qué niña, qué porte!
Descalzos sus pies y vestida su mirada, leo: «Te escribo estas letras, las últimas...».
La Noche... ¡Qué larga y negra es la noche!

Más colores en mi Plaza 

8 de octubre de 2017

Este jueves, relato: Colores (Participantes)


Hablemos de colores.
El del amor, el de los ojos, el del pecado, el del silencio, el del vacío, el del aura brillante con el que nos ven los que nos quieren o el del oscuro tono con el que a veces nos manifestamos.
¿Por qué a uno le cae un «marrón» cuando le salpica un problema difícil y en el que no tiene nada que ver?
¿Por qué te ponen «verde» cuando hablan mal de ti a tus espaldas? 
¿Por qué nos ponemos «colorados» cuando nos adulan en exceso?



Nos cuentan de colores: